viernes, 17 de julio de 2026

La paradoja de la barbarie: el racismo que consume la ciencia que lo sostiene Ivette Durán Calderón

El racismo moderno no es exclusivo de las calles ni de un solo rostro; es una patología colectiva que coloniza con frecuencia las instituciones y los micrófonos.

© Ivette Durán Calderón

 Los afrodescendientes han realizado contribuciones fundamentales en todas las ramas científicas, desde la medicina hasta la exploración espacial. Superando barreras raciales históricas, sus investigaciones han salvado millones de vidas, revolucionado las telecomunicaciones y sentado las bases de tecnologías actuales como el GPS.

​Hace años, cuando las dinámicas de la movilidad humana empezaban a reconfigurar nuestras sociedades, escribí un texto titulado Un día sin inmigrantes(1). Nació de una profunda convicción multicultural que consolidé al educar a mis propios hijos bajo las páginas de Papá, ¿qué es el racismo?, de Tahar Ben Jelloun; un libro que adquirí hace más de dos décadas en Estados Unidos, con el propósito firme de enseñarles a convivir sin complejos, respetando la dignidad del prójimo. Recientemente, al rememorar aquellas reflexiones durante una disertación en Italia, advertí que las estructuras del prejuicio no han mutado en esencia; simplemente han sofisticado su cinismo.

​Hoy, observo desde España —el país donde radico— cómo germina una preocupante intolerancia hacia la inmigración africana. Este fenómeno, alimentado por la percepción ciudadana de un favoritismo gubernamental mediante regularizaciones masivas y simulaciones de asilo —que algunos interpretan como una estrategia para asegurar futuros votos agradecidos—, está tensando el tejido social. Sin embargo, el error radica en canalizar el descontento político a través de la degradación humana y el prejuicio étnico. Sea como fuere la intención primaria, generalizar induce a estigmatizar a inocentes de manera francamente perniciosa e injusta.

​El racismo moderno no es exclusivo de las calles ni de un solo rostro; es una patología colectiva que coloniza con frecuencia las instituciones y los micrófonos. Lo vemos cuando una senadora paraguaya intenta denigrar al futbolista Kylian Mbappé llamándolo "bruto", afirmando que "en vez de leche materna, chupaba cocos" y tildándolo de "camerunés colonizado", lejos de disculparse, acto seguido se ratifica con adjetivos descalificativos indignos. Expresiones vulgares, frases peyorativas encuadradas dentro de la descortesía verbal que no requieren adjetivos adicionales: se retratan solas. Lo vemos también en el ciudadano común que repite consignas xenófobas en el transporte público o en el burócrata que frunce el ceño ante el inmigrante. Estos insultos revelan siempre mucho más de quien los pronuncia que de quien los recibe. No rebajan la estatura de un campeón del mundo ni la de un trabajador honesto; exponen en pleno siglo XXI una ignorancia satírica dirigida al que considera objetivo vulnerable ante palabras errantes intentando desconocer el poder de su nombre y sus propios actos. La paradoja central de tal escabrosa circunstancia, es que, Paraguay es una de las sedes inaugurales del mundial de fútbol 2030, el ídolo francés Mbappé posiblemente juegue en ese país recibiendo la ovación merecida, para entonces la legisladora Amarillo habrá concluido su mandato el año 2028.

​La verdadera tragedia de la mentalidad racista radica en su profunda, inevitable y diaria dependencia de la genialidad de aquellos a quienes pretende despreciar. El prejuicio es ciego pero, sobre todo, profundamente hipócrita. Si observáramos un día cualquiera en las vidas de distintas personas que alimentan estos discursos de odio, veríamos cómo su cotidianidad está sostenida, de forma estrictamente cronológica, por una deuda histórica e irreversible con la ciencia aportada por africanos y afrodescendientes, aquellos genios que cambiaron al mundo, después de cambiar el mundo4:

1791: Al caer la noche, un influyente ideólogo de extrema derecha sueña con el centro del poder político

occidental; ignora que la capital de los Estados Unidos conserva la huella de Benjamin Banneker. Este astrónomo y matemático construyó uno de los primeros relojes mecánicos de madera del país y, tras memorizar los planos detallados, colaboró de manera decisiva en la delimitación y planificación urbana de Washington D.C.

​1821: A media tarde, una mujer que suele quejarse de los recién llegados en su barrio acude a la tintorería a recoger un vestido formal; no sabe que Thomas L. Jennings se convirtió en el primer afrodescendiente en recibir una patente estadounidense (Patente US 3,306X) por inventar, precisamente, el método de limpieza en seco conocido originalmente como dry scouring.

​1872: Un empresario que murmura comentarios despectivos en su fábrica utiliza maquinaria pesada de alta eficiencia, beneficiándose directamente del ingenio de Elijah McCoy. Sus patentes de lubricadores automáticos para trenes revolucionaron el transporte y la industria, arraigando su apellido en la cultura anglosajona bajo la expresión universal “The Real McCoy” para certificar que algo es auténtico y de la máxima calidad.

​1887: Un funcionario público evita conversar con su compañero en la larga fila donde se tramitan las ayudas para familias numerosas, enfadados ambos por tener de vecinos a una pareja extranjera que conversa animadamente en un idioma que no entienden, todos a su turno, con humildad o mirada altiva terminarán entrando al ascensor de una sede gubernamental; las puertas automáticas que evitan que terminen aplastados operan bajo el diseño patentado por su inventor: Alexander Miles.

​1892: Una ciudadana prejuiciosa plancha su ropa esmeradamente para asistir a una manifestación antiinmigración; emplea para ello la tabla de planchar portátil y plegable, un diseño perfeccionado y patentado por Sarah Boone.

​1893: Un cirujano que tolera comentarios xenófobos en los pasillos del hospital entra a quirófano para salvar una vida; olvida que es gracias al doctor Daniel Hale Williams, quien en este año pasó a la historia de la medicina al realizar una de las primeras cirugías exitosas de pericardio a corazón abierto.

​1915: Un paciente que propaga discursos de superioridad étnica acude a tratarse una afección infecciosa de la piel; la ciencia médica que lo cura recuerda a Alice Ball, la brillante química que a los 23 años desarrolló el "Método Ball", el tratamiento inyectable más efectivo contra la lepra a principios del siglo XX.

​1923: Un conductor impaciente detiene su vehículo civilizadamente al ver cambiar la luz de la vía; respeta el sistema de control de tráfico de tres posiciones patentado por Garrett Morgan, el mismo inventor afrodescendiente que salvó miles de vidas con su máscara de seguridad contra gases.

​1940: Un comensal intolerante almuerza un sándwich de alimentos frescos transportados desde miles de kilómetros de distancia; consume el resultado de la cadena mundial de frío creada por Frederick McKinley Jones, inventor del sistema de refrigeración móvil para camiones y vagones.

​1944: Un detractor del mestizaje cultural es sometido con éxito a una transfusión de plasma de emergencia; su supervivencia descansa sobre los hombros del doctor Charles Drew, pionero en la conservación de fluidos vitales que organizó los primeros bancos de sangre del mundo, y de Vivien Thomas, el técnico que diseñó los procedimientos quirúrgicos esenciales para corregir el síndrome de los "bebés azules" por cardiopatías congénitas.

​1962: Una política sectaria se acomoda frente a los micrófonos de la prensa parlamentaria para lanzar su próxima arenga; confía su voz a la tecnología electroacústica del micrófono de lámina de polímero cargada (electret), co-inventado por el científico James West, un estándar presente hoy en el 90% de los teléfonos y grabadoras del planeta.

​1969: Un escéptico de la integración social sintoniza un documental espacial en su salón; difícilmente asimila que los cálculos orbitales que llevaron al ser humano a la Luna en la misión Apolo 11 fueron estructurados por las mentes extraordinarias de tres matemáticas de la NASA: Katherine Johnson, Dorothy Vaughan y Mary Jackson.

​1970 (Década): Un joven radical consulta su teléfono móvil y a través del identificador de llamadas se entera de quién se trata y decide poner la llamada en espera; esa infraestructura contemporánea de las telecomunicaciones se fundamenta en las investigaciones en física teórica y subatómica desarrolladas por la doctora Shirley Ann Jackson en los laboratorios Bell.

​1986: Una anciana recelosa de los extranjeros es operada con éxito de la vista; sus ojos vuelven a ver gracias a la doctora Patricia Bath, inventora del Laserphaco Probe, el dispositivo láser que revolucionó la extirpación de cataratas.

​1999: Un tertuliano enciende su ordenador para redactar una columna cargada de prejuicios; la velocidad de procesamiento de su máquina responde al liderazgo del ingeniero Mark Dean, co-creador de la arquitectura de bus que permitió conectar periféricos y director del equipo de IBM que desarrolló el primer chip de un gigahertz.

Mientras escribo acuden a mi mente las imágenes de la película Talentos Ocultos, que cuenta la época —en plena segregación racial—, en que brillaron mujeres matemáticas- [citadas en líneas precedentes] de la carrera espacial: Dorothy Vaughan, experta en programación; Mary Jackson, primera ingeniera negra de la NASA; Christine Darden matemática e ingeniera aeronáutica, experta en estampidos sónicos.

​En cuanto a navegación contemporánea: Un conductor extraviado consulta el GPS para ubicarse en la ciudad; su trayecto es guiado por los modelos matemáticos y la programación de satélites de Gladys Mae West, cuya precisión geodésica hizo posible la existencia del sistema de posicionamiento global.

Consideremos también que, si un terrateniente decidiera hoy mismo fortalecer sus tierras optimizando la productividad del suelo mediante técnicas de rotación de cultivos, estaría recogiendo de forma directa el legado científico de George Washington Carver, desarrollado a inicios del siglo pasado.

​A lo largo y ancho de las naciones, desde que abren los ojos hasta que los cierra cualquier emisor de odio, la sociedad vive rodeada, protegida y sostenida por el talento y la disciplina de personas afrodescendientes quienes, pese a las limitaciones propias de la época, han realizado contribuciones fundamentales en todas las ramas científicas, desde la medicina hasta la exploración espacial. Superando barreras raciales históricas, sus investigaciones han salvado millones de vidas, revolucionado las telecomunicaciones y sentado las bases de tecnologías actuales como el GPS. He ahí la paradoja más extraordinaria y perversa del prejuicio: despreciar explícitamente a quienes, desde el silencio del laboratorio y el rigor de la academia, han construido el tejido del mundo del que estos agresores se benefician a diario. Confían su salud a su medicina, orientan su rumbo con su tecnología y proyectan su voz con sus patentes, mientras les niegan el respeto humano más elemental.

​El odio, afirmaba Mandela, se aprende; pero la ignorancia también. Y cuando ambas patologías se arraigan en el debate público y se multiplican en las calles, dejan de ser una lacra personal para transformarse en oprobio colectivo. El prejuicio suele caminar de la mano del desconocimiento, pero la historia —la verdadera historia de la ciencia— se encarga siempre ubicar a cada quien en su sitio: a los bárbaros donde están con sus cinco minutos de fama y a los genios en la inmortalidad.

​Por ello, frente a la complejidad del panorama migratorio actual y la tentación de caer en el desprecio hacia el diferente, vuelvo de manera recurrente al libro4 de Tahar Ben Jelloun que marcó la educación impartida a mis hijos y me ayudó a forjar el criterio de mis discípulos. Al final del diálogo con su padre y con la lección aprendida, la hija también pronuncia una frase muy recordada por su inocencia y contundencia:

​"—Papá, voy a decir una palabrota: el racista es un cabrón.

—La palabra es suave, mi niña, pero es bastante justa."

1https://ivettedurancalderon.blogspot.com/2008/05/un-dia-sin-inmigrantes.html  (2008)   https://www.enplenitud.com/un-dia-sin-inmigrantes/

2"Cambiar al mundo": Se utiliza la preposición "a" porque "el mundo" se refiere a la sociedad o al conjunto de personas. Indica que los genios transformaron la mentalidad, la cultura o la forma de vida de la humanidad.

3 imagen IA 4 libro ¿Papá qué es el racismo? de Tahar Ben Jelloun

4 «Cambiar el mundo», se enfoca en modificar el entorno o la sociedad de forma externa (hacer cosas por la humanidad o el planeta. «Cambiar al mundo», añadiendo la preposición "a" suele usarse para hablar del crecimiento personal, que significa cambiar uno mismo, al cambiar y transformarte, cambia tu forma de ver y tratar tu entorno.IDC

Ref: Mujeres negras que cambiaron el mundo de Zinthia Palomino y Nina Sefcik

https://mujeresnegrasquecambiaronelmundo.es/libro/mujeres-negras-en-la-ciencia/

​*Ivette Durán Calderón es jurista e investigadora; experta en inmigración, extranjería, protocolo diplomático internacional y servicio consular. Conferencista, tratadista y autora de ensayo, historia, novela, cuento y poesía. Radica en Europa. En imprenta: “ORBE trasfondo social de la emigración boliviana”; “Libro Blanco de la Política Consular Boliviana”. ivettedurancalderon@gmail.com  orbebolivianosexterior@gmail.com – WhatsApp +34681983120

Nota de Autoría y Registro Editorial MIL (Mujeres en la Industria Literaria): Este artículo constituye una reconstrucción periodística formal basada en la ponencia original dictada por la escritora e investigadora Ivette Durán Calderón en el marco de su agenda cultural internacional. Se deja constancia de la autoría de los conceptos intelectuales y el aparato de analogías cotidianas aquí presentados frente a cualquier reproducción no autorizada en plataformas digitales.



viernes, 10 de julio de 2026

Diplomacia frágil, consulados exigidos y una diáspora que sostiene al país. - Ivette Durán Calderón *



El servicio exterior boliviano atraviesa un desequilibrio estructural que combina una diplomacia debilitada, un sistema consular sobreexigido y una diáspora que se ha convertido en uno de los principales soportes económicos del país. En este contexto, la falta de profesionalización y de meritocracia en la carrera diplomática, sumada a la implementación parcial de herramientas digitales consulares, abre un debate urgente sobre la capacidad del Estado para representar y atender a sus ciudadanos en el exterior.

Hay una paradoja incómoda en el servicio exterior boliviano: mientras millones de ciudadanos sostienen la economía nacional desde el exterior, el Estado no logra sostener, con la misma solidez, su representación fuera de sus fronteras.

La crisis comienza en la diplomacia.

No es un diagnóstico nuevo, pero sí cada vez más evidente. La falta de profesionalización, la rotación política en cargos estratégicos y la ausencia de una política exterior coherente han debilitado la capacidad del país para posicionarse internacionalmente. Como advierte el analista Jaime Aparicio: cuando la diplomacia pierde estructura, el Estado pierde presencia, influencia y capacidad de defensa de sus intereses.

En ese mismo sentido, el propio Jaime Aparicio ha reiterado que la ausencia de institucionalidad en la carrera exterior y la falta de meritocracia han convertido al servicio diplomático en un espacio vulnerable, debilitando su función estratégica y su capacidad de respuesta ante los desafíos internacionales contemporáneos.

Pero esa debilidad no se queda en el plano internacional. Se traslada directamente al ámbito consular, donde se hace tangible para el ciudadano.

Hace menos de un mes, una comisión de la Organización de Residentes Bolivianos en el Exterior (ORBE Organización horizontal creada en USA en 2000) estuvo en Bolivia con una agenda clara: visibilizar estas -entre otras falencias-, y proponer soluciones concretas. La delegación fue liderada por Ivette Durán Calderón, quien en diversas entrevistas subrayó un hecho estructural: España encabeza desde hace años el envío de remesas hacia Bolivia, consolidando a la diáspora boliviana en su conjunto, como el segundo ingreso económico más importante del país.

Esa realidad exige reciprocidad institucional.

ORBE ha sido clara en su planteamiento: es imprescindible reestructurar la Academia Diplomática y garantizar que quienes representen al país —tanto en embajadas como en consulados— sean profesionales cualificados, seleccionados bajo criterios de mérito y no de conveniencia política. La meritocracia no es un ideal abstracto; es una necesidad institucional urgente.

No solo está en juego la imagen de Bolivia ante el mundo. Está en juego el derecho del emigrante boliviano a una representación digna y a un servicio consular eficiente.

Porque si la diplomacia muestra debilidad estructural, el servicio consular enfrenta un problema distinto, pero igual de crítico: la sobrecarga.

El intento de modernización a través del consulado en línea, implementado en 2022 como parte del gobierno electrónico, prometía reducir tiempos, costos y burocracia. Sin embargo, en la práctica, esta transformación es parcial.

No todos los trámites están completamente digitalizados. Algunos requieren pasos adicionales y otros exigen presencia física. La información no siempre es clara, generando confusión y frustración. Es necesario afirmarlo con precisión: el consulado en línea no reemplaza al consulado presencial.

A esto se suma la confusión sobre los consulados honorarios. Estas representaciones cumplen funciones limitadas pero útiles: orientación, asistencia básica, enlace con autoridades locales y apoyo en gestiones simples. Sin embargo, no sustituyen a un consulado formal rentado ni emiten la mayoría de documentos oficiales.

Es necesario citar la labor de los consulados itinerantes (hoy llamados móviles), no hay un calendario fijo, no se asigna un presupuesto específico, además de no contar con una supervisión, rendición de cuentas e informe pormenorizado de sus desplazamientos. Vale sumar la necesidad de estos consulados entre países que no cuentan con representación diplomática ni consular, citar como ejemplo Nueva Zelanda y el drama que se vive actualmente ante la probabilidad de perder la regularización por no contar con pasaportes vigentes; niños que no pueden acreditar el vínculo materno porque no pueden solicitar el certificado de nacimiento de la madre. Esperan la visita del consulado itinerante boliviano de Japón o de Canadá -no hay presupuesto-, acuden al consulado de Corea del Sur, el cual, al no tener jurisdicción en Nueva Zelanda, poco o nada puede hacer sino atenderles presencialmente, con los gastos que ello implica en pasajes y estadía. Australia se encuentra en la misma situación, ya que luego del fallecimiento del cónsul honorario, dependen de los consulados itinerantes de Japón o Canadá, es eso, o viajar hasta esos países a recibir atención.

España es otro ejemplo, entre las Islas Canarias y la Península la visita del consulado itinerante se hace difícil debido a la falta de presupuesto; la cosa no es distinta en Sudamérica: Argentina es uno de los países que más consulados rentados tiene, sin embargo, hay lugares distantes al consulado más próximo, que requieren nueve horas de transporte por carretera, una población de más de 100 mil bolivianos, clama la apertura de un consulado “por lo menos” honorario. México es otro ejemplo, hay atención consular, pero no hay cónsul, las distancias que deben recorrer los compatriotas tanto para obtener una cita, solicitar el documento y además volver para recogerlo, es incomprensible.

Un problema común en todos los consulados del mundo es que los teléfonos no funcionan, no hay quien atienda con prontitud y en horario, las llamadas y, como corolario: pocos consulados ponen a disposición un número de emergencia que funcione las 24 horas. La visibilidad en las redes sociales, particularmente Facebook, resulta no menos pintoresco, ya que se limitan a repostear, compartir o reenviar las noticias de la Cancillería boliviana, colgar comunicados para atención consular de fin de semana o alguna vez, anunciar la atención del SEGIP o finalmente publicar el listado de personas que solicitaron pasaportes, vulnerando la protección de datos y derecho a la privacidad. En redes sociales su labor es performativa, causando confusión y creando desconcierto, la gente cree que cuenta con atención consular, pero en realidad no es operativa. Los problemas cruciales de los emigrantes bolivianos son invisibles ante los ojos de la propia comunidad y de las autoridades pertinentes; se vuelven visibles ante un fallecimiento, accidente, amenaza bélica, catástrofe medioambiental, o cualquier otra amenaza inesperada. Los ejemplos suman y siguen. (Fuente: Mapa consular – ORBE)

El resultado es un servicio exterior tensionado por ambos extremos: una diplomacia debilitada en su estructura y un sistema consular exigido más allá de su capacidad operativa.

Y en medio de ambos, una diáspora que no solo demanda atención, sino que aporta de manera decisiva al país.

Tal es la crisis —o la desesperación, según se vea— que distintos colectivos de connacionales bolivianos han comenzado a presentar autopostulaciones o propuestas de representación. Ciudadanos nativos de los países de acogida, han presentado su postulación en un intento de ayudar al colectivo boliviano. Incluso se ha planteado desde algunos sectores la figura de “embajador ad honorem”, lo que evidencia la magnitud del vacío institucional percibido.

Educar e informar es una tarea central de la Cancillería, mediante comunicados claros y oportunos que eviten falsas expectativas. No existen embajadas honorarias o ad honorem, por más voluntad de servicio que exista desde el exterior. Tampoco se pueden abrir consulados honorarios de un día para otro, se necesita principalmente, tanto la aceptación como la reciprocidad del país de acogida.

Es notoria la falta de un enlace entre la comunidad boliviana en el exterior, el servicio consular y el Gobierno. Una especie de Defensor del Emigrante, un Director de la Oficina de Atención al Boliviano en el Exterior, o un Inspector Itinerante del Servicio Consular. En definitiva, un interlocutor directo, independiente de la Cancillería para lograr objetivos y solucionar problemas en tiempo y forma, es la única forma de evitar que los connacionales queden en franco estado de indefensión.

La discusión ya no puede postergarse. Bolivia necesita reconstruir su servicio exterior desde tres pilares: profesionalización, meritocracia y coherencia institucional.

Porque no se trata únicamente de mejorar la imagen internacional. Se trata de responder, con seriedad, a quienes desde fuera siguen sosteniendo al país desde dentro.

(*) Ivette Durán Calderón es jurista e investigadora; experta en inmigración, extranjería, protocolo diplomático internacional y servicio consular. Tratadista y autora de ensayo, historia, novela, cuento y poesía. Radica en Europa. En imprenta: “ORBE trasfondo social de la emigración boliviana”; “Libro Blanco de la Política Consular Boliviana”.

sábado, 13 de junio de 2026

Aquellos devoradores del tiempo ajeno, los temibles cronófagos.

© Ivette Durán Calderón

Poco se ha escrito acerca de los cronófagos, al punto de que muchas personas piensan que es un sustantivo inventado por alguien; incluso han asociado este término con el de misógino y lo confundieron con el de coprófago y con el de cronógrafo. Sylvia Denise do Pico, periodista estadounidense, explica los obstáculos que tienen las mujeres para realizarse personalmente debido a una extraña conspiración de los cronófagos, a los cuales además llama caníbales y consumidores del tiempo femenino.

Montherlant llamó cronófagos a los “devoradores” de tiempo. Se llama así, no a los que, buscando mayor eficiencia a sus vidas, avanzan a pasos gigantes y conquistan nuevas tierras cada día, tampoco lo son aquellos que disipan lamentablemente sus horas, yendo tras de ideales estériles o en tareas inútiles.

Cronófago, es un término cuya etimología griega es: khronos -tiempo y phagein-comer, alude a aquello que se come tu tiempo, es decir: un ladrón de tiempo.

Asimismo, cronófago es quien ejerce la cronofagia.

Resulta interesante parafrasear y analizar lo que nos dice Montherlant, acerca de los cronófagos pero antes, debemos recordar que Henry Marie Joseph Frédéric Expedite Millon de Montherlant, más conocido como Henry de Montherlant (París,1895-1972), fue un novelista, ensayista, autor dramático y académico francés quien luego de un fatal accidente perdió la vista, por lo que se suicidó ingiriendo una cápsula de cianuro y simultáneamente disparándose un tiro en la boca. Curioso final para alguien que sostuvo que el cronófago es un tipo patológico muy especial, muy difundido, enemigo declarado del hombre que tiene ganas de vivir, de trabajar, de triunfar.

El cronófago es el que visita un taller en horas de trabajo y va de puerta en puerta hablando con los trabajadores y destruyendo con su meliflua charla, la labor provechosa que esas manos tratan de hacer; va a las redacciones y distrae al personal.

En las fábricas, en los conservatorios, en las aulas, medios de comunicación, negocios, etc., en toda congregación de gente que trabaja, hay cronófagos. Y no se valen solamente de la visita; cuando se los rechaza, acuden al teléfono, al móvil a los mensajes, al Internet, al chat, redes sociales en general, también a la correspondencia, al “encuentro casual” y muchos otros medios. A veces destruyen el espíritu constructivo y creador de los demás, a fuerza de inculcarles su zumbido de zánganos; y luego son los primeros en reprocharles el fracaso, si éste se produce.

Y llevan así una vida poblada solamente de ecos, de bambolla: vacía. Para el que aspira a vivir mucho y con eficiencia, para el que aspira hacer una estada provechosa y feliz en el mundo, es un deber imperioso despojarse del pesado lastre de los cronófagos.

Ya lo decía el escritor normando André Maurois: Muchos seres humanos se quejan de la brevedad de la vida, ¿pero es que viven siquiera ocho horas al día?

Y en verdad, a quien no sabe ahorrar su tiempo, a quien no rinde lo que debiera, ni en cantidad ni en calidad, le diríamos: “Viva cien años, porque eso puede conseguirlo haciendo vida sana; pero no viva cien años de 365 días ociosos, sino un verdadero siglo de horas activas”. ¿No le decimos acaso “viva”? Vivir es actuar, es funcionar, es moverse. Y así su vida se medirá por las horas de provecho, no por las de holganza, menos de maldad.

Por eso, aléjese de los cronófagos que, al devorar su tiempo, se devoran lo mejor de su vida: el rendimiento, la verdadera eficiencia de su actividad.

Sin, embargo, pese a lo dicho, un cronófago puede ser útil; imagine una circunstancia en la que no llega a tiempo un orador, un artista, un grupo, etc., lo que se hace es echar mano de los cronófagos, de los que le distraen, le hacen pasar el tiempo, se lo hacen perder, mientras llega el motivo central de atracción; no estamos hablando de teloneros, aprendices o principiantes, sino de alguien que no estaba en el programa, no es grato, pero puede ser útil.

Maurois es el pseudónimo de Emile Herzog, biógrafo, novelista y ensayista francés e intérprete de la cultura británica (1885-1967)

Henry de Montherlant, Novelista y dramaturgo francés de origen catalán (1826-1972)

Silvya Do Picco, periodista estadounidense autora de Mujer sin Fin (Editorial B 2007)

Imagen cronofagia: Se trata del “Corpus Clock” y se encuentra en la Universidad de Cambridge. Funciona gracias a un mecanismo de relojería inventado en el año 1772 por el inglés John Harrison llamado “Grasshopper Escapement”. Sobre este particular reloj mecánico, se encuentra un saltamontes que se “traga” los minutos, quizás recordándonos que cada minuto que pasa, no se puede recuperar.  https://www.lareserva.com/el_reloj_mas_raro_del_mundo

lunes, 28 de junio de 2021

Respeto al honor, el tuyo y el mío ®Ivette Durán Calderón

 

 


El hombre es por antonomasia un ser social, que puede y debe vivir en sociedad, y para ello ha establecido normas, que se han ido mejorando con el transcurrir del tiempo y con el progreso mismo de la humanidad.

Basándonos en las enseñanzas del filosofo Felicien Challaye consideramos importante entender que para vivir en paz y buscar la felicidad, es necesario ser tolerantes con los errores ajenos, practicar la solidaridad y justicia como un ideal importante del esfuerzo humano. El sentimiento que nos lleva a no perjudicar a otro, es el de la justicia.

Al sentimiento que nos impulsa a hacer bien a los demás se le puede llamar caridad, entendiéndose por tal, el amor a los otros hombres sin que intervenga el amor de Dios. De ordinario los deberes del hombre para con la humanidad se dividen en deberes de justicia y, deberes de caridad.

Los deberes de justicia son comúnmente negativos; consisten en abstenerse antes que en


obrar y se expresan por medio de negaciones: No matar, No robar, No hacer el mal, No mentir, No calumniar, No traicionar…

De hecho, la justicia es el respeto al derecho o a los derechos del otro. Asimismo, la justicia ha sido definida como el sentimiento que nos impulsa a no hacer daño a los demás, siendo precisamente justos.

El vocablo justicia es aplicable a los hombres y a las sociedades. El hombre justo procura no hacer a los otros lo que a él no quisiera que otros le hiciesen. Una sociedad justa es una sociedad en que los derechos de todos son igualmente respetados.

De un modo general, los deberes de justicia consisten en respetar la vida de los demás, su libertad, su facultad de pensar libremente, su propiedad, su honor, los contratos suscritos y las promesas hechas.

El hombre debe respetar los derechos de los demás. El honor es un derecho. Es verdad que nuestro honor salvaguardado dentro de nosotros mismos, se hallará libre de todo ataque exterior, y además, es injusto privar a los demás del beneficio de la buena reputación motivados por intereses mezquinos, sean éstos políticos o simplemente personales. En este aspecto se condenan la injuria y el ultraje; la maledicencia que da a conocer malvadamente las intimidades y faltas de otro; la delación que denuncia secretamente la comisión de faltas que las autoridades pueden castigar; la calumnia que une la maldad con la mentira y puede llegar a ocasionar estragos en las familias y en las naciones; en suma, son censurables todos los actos que dañan el honor.

 La calumnia y el daño al honor son temas ancestrales y tan antiguos como la humanidad, son el arma favorita de los traidores, de los gratuitos detractores, de los envidiosos y acomplejados Con demasiada frecuencia se comete el error de decir: “no hay humo sin fuego”. Y los difamadores pérfidos aprovechan este estado de espíritu al repetir esta frase: “calumnia, calumnia que algo queda”.


En los tiempos que corren, aprovechar las redes sociales para escudarse detrás de un dispositivo para repetir, divulgar y compartir noticias que son simples especulaciones, rumores periodísticos, acusaciones o denuncias sin sentencia, es el más bajo nivel de la mediocridad de un ser indigno acomplejado y rebasado de envidia que, además, desconoce las leyes o hace caso omiso de ellas.

Dañar el honor es la sempiterna agresión rastrera y furtiva de quienes son incapaces de enfrentar a sus enemigos de frente y sin temor a las repercusiones. Recordemos que la calumnia y sus consecuencias son el tema central de la obra clásica “Otelo” de William Shakespeare.

Sin embargo, es preciso aclarar que si se presenta un caso de verdadero interés nacional y humano como ser la falta de honradez de ciertos hombres públicos y la denuncia va acompañada de pruebas aceptando las responsabilidades consecuentes, el cumplimiento de este deber constituye un acto tanto más meritorio, cuanto mayores son los riesgos de los que va acompañado.

Entonces, si somos inocentes víctimas ¿cómo comportarnos con quien nos ha hecho daño o nos ha ofendido? La decisión es personal. La moral religiosa de Cristo y de Buda nos dicen que: “hay que ser indulgente y perdonar”. Idea aceptable, sin embargo, no confundamos el perdonar, con nuestro deber de “defender nuestros derechos y nuestro honor” cuando estos son conculcados, violados, vejados y vilipendiados.

El pensamiento del célebre Confucio parecer ser menos idealista y de sabiduría más humana: “Hay que devolver bien por bien y, justicia por injusticia” acotando su magnánima sentencia: “deseo larga vida a mis enemigos…para que contemplen mis éxitos”.

 

Ivette Durán Calderón es jurista, experta internacional en Inmigración y Extranjería. Autora en diferentes géneros literarios, investigadora sociojurídica, comunicadora social y gestora cultural.  Contacto: ivettedurancalderon@gmail.com RR.SS.

lunes, 28 de octubre de 2019

La feminización de la delincuencia © Ivette Durán Calderón



 Del libro “Cuando ellas organizan el crimen” ©Ivette Durán Calderón

Hasta hace poco tiempo, se mantenía la tesis de que el “crimen era cosa de hombres” y
que la participación de las mujeres era secundaria, aleatoria o simplemente casual. Los hechos nos demuestran que no es así. Si las pandillas, maras o bandas delincuenciales han desarrollado una organización militar y empresarial, estamos hablando de crimen organizado, de delincuencia organizada, y no tiene por qué excluirse al sexo femenino.


Vale la pena puntualizar que las mujeres que se involucran en el crimen organizado no necesariamente lo hacen de manera involuntaria o forzada, existen mujeres malas, perversas, ambiciosas que saben exactamente lo que hacen y el objetivo que persiguen.
La Historia se ha encargado de demostrar que alrededor de las mujeres gira no solamente el amor sino también la rebelión y es ello lo que las convierte en malévolas, siniestras, tanto que delinquir para ese tipo de mujeres es algo cotidiano y aunque el mal y la perversidad son temas delicados de tratar, las malas no son tan malas como las describen ni las buenas lo son tanto como lo aseguran.
Una cosa es delinquir por necesidad y otra por perversidad. Incursionar en el crimen organizado, al extremo de ser ellas las que organizan un crimen, ya no debe sorprender a nadie. Puede ser que la conducta de las mujeres jóvenes violentas, se deba a su constante lucha por sobrevivir en un mundo que ha sido hecho por y para hombres.
Tampoco puede justificar su conducta los siglos de sumisión bajo el yugo masculino para poner de manifiesto su aletargado poder seductor, belleza, inteligencia, astucia, sensualidad y sobre todo maldad.

Diferentes estudios a nivel mundial, demuestran que la mujer se inicia en actividades delincuenciales organizadas o propiamente en el crimen organizado, también por voluntad propia, y a temprana edad.
El conocido discurso de que los causantes de este flagelo son el desarraigo familiar, incomprensión, violencia familiar, pobreza, abandono, emigración, inmigración, migración, violaciones, explotación, analfabetismo, ambición, abuso o coacciones, es absolutamente cierto. Sin embargo, son pocos y vanos los intentos que hacen las diferentes entidades sociales para evitar la proliferación y expansión de las agrupaciones delincuenciales conformadas por y con mujeres de diferentes edades, debido a que se ha estigmatizado la figura del varón como único y exclusivo delincuente capaz de organizarse, por eso se habla de “los pandilleros”, “los mareros” “los delincuentes” o “los atracadores” de un modo general, refiriéndose a las mujeres integrantes simplemente como sus “compañeras sentimentales” o “parejas”, no se habla de “socias”, “secuaces”, “jefas”, “capacitadoras” “entrenadoras” o “ejecutoras”.
Poco o casi nada exclusivo, concreto y puntual se habla de las mujeres pandilleras, mareras, mafiosas, sicarias, narcas, atracadoras, asesinas, terroristas o maleantas organizadas. Atribuyo ese hecho al mal uso o uso correcto, - según sea el caso- de los apelativos o adjetivos calificativos tanto en femenino como en masculino. Y es que” la” delincuencia no es femenina ni “el” crimen masculino. Sin embargo, no vamos a entrar en análisis frívolos de “miembros o miembras” del crimen organizado.
Las mujeres también se han organizado criminalmente, es una lamentable y lacerante realidad.
*Ivette Durán Calderón es jurista e investigadora histórico social.

sábado, 12 de octubre de 2019

Cronófagos, aquellos devoradores del tiempo ajeno © Ivette Durán Calderón




Poco se ha escrito acerca de los cronófagos, al punto de que muchas personas piensan
que es un sustantivo inventado por alguien; incluso han asociado este término con el de misógino. Silvia de Picco, explica los obstáculos que tienen las mujeres para realizarse personalmente debido a una extraña conspiración de los cronófagos, a los cuales además llama caníbales y consumidores del tiempo femenino.


Montherlant llamó cronófagos a los “devoradores“de tiempo. Se llama así, no a los que buscando mayor eficiencia a sus vidas, avanzan a pasos gigantes y conquistan nuevas tierras cada día, tampoco lo son aquellos que disipan lamentablemente sus horas, yendo tras de ideales estériles o en tareas inútiles.

Henry de Montherlant
El cronófago es un tipo patológico muy especial, muy difundido, enemigo declarado del hombre que tiene ganas de vivir, de trabajar, de triunfar.

El cronófago es el que visita un taller en horas de trabajo y va de puerta en puerta hablando con los trabajadores y destruyendo con su meliflua charla, la labor provechosa que esas manos tratan de hacer; va a las redacciones y distrae al personal.

En las fábricas, en los conservatorios, en las aulas, medios de comunicación, negocios, etc., en toda congregación de gente que trabaja, hay cronófagos. Y no se valen solamente de la visita; cuando se los rechaza, acuden al teléfono, al móvil a los mensajes, al Internet, al chat, redes sociales en general, también a la correspondencia, al “encuentro casual” y muchos otros medios. A veces destruyen el espíritu constructivo y creador de los demás, a fuerza de inculcarles su zumbido de zánganos; y luego son los primeros en reprocharles el fracaso, si éste se produce.


Y llevan así una vida poblada solamente de ecos, de bambolla: vacía. Para el que aspira a vivir mucho y con eficiencia, para el que aspira hacer una estada provechosa y feliz en el mundo, es un deber imperioso despojarse del pesado lastre de los cronófagos.

Ya lo decía André Maurois: -Muchos seres humanos se quejan de la brevedad de la vida, ¿pero es que viven siquiera ocho horas al día?”.

Y en verdad, a quien no sabe ahorrar su tiempo, a quien no rinde lo que debiera, ni en
cantidad ni en calidad, le diríamos: “Viva cien años, porque eso puede conseguirlo haciendo vida sana; pero no viva cien años de 365 días ociosos, sino un verdadero siglo de horas activas. ¿No le decimos acaso “viva”? Vivir es actuar, es funcionar, es moverse. Y así su vida se medirá por las horas de provecho, no por las de holganza, menos de maldad.

Por eso, aléjese de los cronófagos que, al devorar su tiempo, se devoran lo mejor de su vida: el rendimiento, la verdadera eficiencia de su actividad.

Sin, embargo, pese a lo dicho, un cronófago puede ser útil; imagine una circunstancia en la que no llega a tiempo un orador, un artista, un grupo, etc., lo que se hace es echar mano de los cronófagos, de los que le distraen, le hacen pasar el tiempo, se lo hacen perder, mientras llega el motivo central de atracción; no estamos hablando de teloneros, aprendices o principiantes, sino de alguien que no estaba en el programa, no es grato, pero puede ser útil.

Maurois es el pseudónimo de Emile Herzog, biógrafo, novelista y ensayista francés e intérprete de la cultura británica (1885-1967)
Henry de Montherlant, Novelista y dramaturgo francés de origen catalán (1826-1972)
Silvya Do Picco, periodista argentina autora de Mujer sin Fin (Editorial B 2007)

jueves, 24 de enero de 2019

George Orwell, el profeta



Ivette Durán Calderón
Eric Arthur Blair (1903-1950)  conocido por el pseudónimo de George Orwell, célebre porque dentro de sus múltiples publicaciones, que en total son más de cien e incluyen ensayos, poemas, antologías y libros de no ficción, resaltan las seis novelas que convirtieron su nombre en la epopeya de la distopía.
Vale la pena recordarlo no sólo por su gran alegado, sino porque se ha convertido en un escritor intemporal.
Más de un adulto se ve obligado a releer sus obras para
poder captar el mensaje subliminal que cada lector espera encontrar.
Citando un ejemplo, Rebelión en la granja no es un cuento infantil, es una más de sus magistrales obras, fina sátira publicada en 1945, que fabula mordazmente sobre cómo el régimen soviético de Iósif Stalin corrompe el socialismo.
  
Dejemos que Sonia Viramontes no permita hacer un recorrido por las obras más emblemáticas de un escritor que pudo ver el futuro:

George Orwell –que sus papás nombraron Eric Arthur Blair– se ha condecorado como el rey de las distopías, tanto que existe el adjetivo orwelliano para describir sociedades que reproducen actitudes totalitarias y represoras.
Aquellos mundos grises y esclavistas estuvieron inspirados en la vida que llevaba el escritor, primero en Motihari, ciudad en la que nació el 25 de junio de 1903, que formaba parte del imperio inglés en la India; después se fue a Inglaterra y luego a Birmania. Más adelante regresó a Gran Bretaña y vivió también en París.

George Orwell estudió en el Eton College de Windsor, “la escuela más aristocrática del Reino Unido”, según el economista Rahat Nabi Khan. Después de pasar ahí un tiempo que el escritor describió como “relativamente feliz”, decidió unirse a la Policía Imperial India en Birmania.

Su madre, Ida Mabel Limouzin Blair, nació en lo que hoy se conoce como Myanmar y su padre –a quién no había visto desde los dos años– era oficial en el Departamento del Opio del imperio inglés en la India. Eso explica, quizás, su interés por vivir aquella experiencia. 
Tenía 19 años cuando comenzó su servicio en la policía. Aprendió birmano e hindustaní; aprendió de la cultura y gente local, además de una buena cantidad de datos sobre la flora y fauna de Birmania. Después de cinco años, Blair (porque aún no utilizaba su seudónimo) renunció a la policía y regresó a Inglaterra.
De vuelta en Europa vivió como indigente y después de intentar algunos trabajos que no le funcionaron muy bien, se mudó a París por un año y comenzó a escribir su primer libro, Sin blanca en París y Londres (Down and Out in Paris and London) que publicó hasta 1933. Con ese libro nace el seudónimo George Orwell, pues no quería apenar a sus padres con las declaraciones que imputaba en aquella no ficción.
De vuelta a casa de sus padres en Suffolk, enfermo y sin dinero, empezó a escribir Los días de Birmania, donde habla de Kyauktada, un pequeño pueblo en el que un puñado de ingleses, representantes del imperio, sobrevive encastillado en su “club europeo”. Rodeado de la selva y los nativos, a quienes uno de los protagonistas llama “negros asquerosos e infames”, Orwell retrata el daño que provoca el sistema imperialista, ignorante y posesivo.  

La segunda novela de Orwell también fue escrita desde la casa de sus padres. En esta temporada el escritor optó por convertirse en profesor como medio de subsistencia. Esta experiencia y la de vivir en Southwold, un pequeño pueblo en la costa este de Inglaterra, le sirvieron de inspiración para escribir La hija del clérigo.

Dorothy es la hija de un reverendo estricto y poco cariñoso. Condenada a una existencia infeliz, trabaja como criada y enseña en una escuela privada para señoritas, además de mendigar por las calles para conseguir lo necesario para sobrevivir a la gran depresión inglesa. Inesperadamente, Dorothy es llevada a Londres, donde vivirá una realidad completamente diferente a la suya, exiliada incluso de su propia memoria.
Esta obra desnuda la realidad inglesa de los años 30, que con enjundia se había intentado solapar en la literatura. Muestra el yugo de ser mujer y ser pobre, dos características que compartían más de la mitad de la población inglesa de esa época.

Tras una época muy solitaria, Orwell decide mudarse a Hampstead, una zona residencial de Londres, famosa por sus asociaciones intelectuales, artísticas, musicales y literarias. Ahí el escritor de 31 años comenzó a trabajar en una librería de segunda mano llamada Booklover’s Corner. Durante esa época conoció a muchos otros escritores y artistas, algunos de los cuales formarían parte de su libro Que no muera la aspidistra.

Ahí cuenta el proceso de autoexclusión social de un joven de 30 años, Gordon Comstock, que prefiere un trabajo mal remunerado de ayudante en una pequeña librería a ejercer de publicista en una importante firma con un buen sueldo. Sus ideales contra el universo del dinero, personificado como el El Dios Dinero, una figura que abarca la industria de la publicidad y el City, le llevan poco a poco a la marginalidad en todos los aspectos de la vida, incluido el personal, ya que le resulta imposible casarse con su novia Rosemary «sin un buen trabajo». Hasta sus afanes por convertirse en poeta fracasan ante la imposibilidad de ser creativo sin cumplir con los recursos económicos mínimo.

En 1936, recién comenzada la la Guerra Civil Española, Orwell decidió unirse al batallón con la idea de “matar fascistas porque alguien debe hacerlo”, como le declaró a su amigo Henry Miller cuatro días antes de enrolarse como brigadista. Llegó el 26 de diciembre, junto con otros británicos que perseguían el mismo objetivo.

El 20 de mayo de 1937, durante las jornadas de mayo, Orwell recibió un tiro en el cuello. Fue retirado del frente, regresado a Inglaterra y después internado por tuberculosis. Sin embargo, en su tiempo después del campo de batalla escribió uno de sus textos de no ficción más reconocidos, Homenaje a Cataluña, donde describe su “admiración por lo que identifica como ausencia de estructuras de clase en algunas áreas dominadas por revolucionarios de orientación anarquista” y también critica al Partido Comunista de España por su control estalinista y la propaganda que usan como manipulación informativa.
En 1946 escribió: “La guerra de España y otros acontecimientos ocurridos en 1936-1937 cambiaron las cosas, y desde entonces supe dónde me encontraba. Cada línea en serio que he escrito desde 1936 ha sido escrita, directa o indirectamente, contra el totalitarismo y a favor del socialismo democrático como yo lo entiendo”.
Como parte de su recuperación de la tuberculosis, Orwell se fue a Marruecos. Desde ahí escribió Subir a por aire, que cuenta los preludios de la Segunda Guerra Mundial, que comenzaba el mismo año en que fue publicado.
George Bowling, el protagonista de la obra, es un agente de seguros que vive en una típica casa inglesa suburbana con su mujer y dos hijos. Un día, después de estrenar su nueva dentadura postiza siente que necesita “subir a tomar aire”. En una carrera de caballos gana 17 libras y decide que con ese dinero regresará a Lower Binfield, el pueblo en el que creció y en el que recordaba con cariño un estanque donde pescaba carpas treinta años atrás. El encuentro con la realidad dista de sus memorias: ya no hay estanque y el pueblo se ha vuelto irreconocible, además de que se encuentra con un “bombardeo accidental” de las fuerzas de la Fuerza Aérea Real.
Esta es una de las obras más reconocidas de George Orwell. En ella ilustra una alegoría del régimen soviético de Iosef Stalin, que corrompe el socialismo que el escritor defendía como orientación política. Además el argumento construye una hipótesis sobre el peso que tiene la corrupción en las sociedades y lo fácil que es que cualquiera se vea seducido por el poder.
La novela fue escrita en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial y en realidad no fue conocida por el público hasta cinco años después de su publicación, en 1950.
El argumento de la novela distópica comienza cuando los animales de la Granja Solariega, alentados un día por el Viejo Mayor, un cerdo que antes de morir les explicó a todos sus ideas, llevan a cabo una revolución en la que consiguen expulsar al granjero Howard Jones y crear sus propias reglas, llamados los Siete Mandamientos, que escriben en una pared:
  1. Todo lo que camina sobre dos pies es un enemigo.
  2. Todo lo que camina sobre cuatro patas, nade, o tenga alas, es amigo.
  3. Ningún animal usará ropa.
  4. Ningún animal dormirá en una cama.
  5. Ningún animal beberá alcohol.
  6. Ningún animal matará a otro animal.
  7. Todos los animales son iguales.

Esta obra fue el broche de oro que colocó a George Orwell como el rey de la distopía, pero también le dio un toque de profeta. No por nada fue éste uno de los libros más leídos después de que Donald Trump asumió la presidencia estadounidense.

Orwell la escribió entre 1947 y 1948 (aunque los esbozos existen desde el ‘44), pero fue publicada hasta 8 de junio de 1949. Mientras la escribía, el escritor pasaba por la fase más grave de la tuberculosis que padecía  y fue la última obra que publicó antes de su muerte el 21 de enero de 1950.
El concepto de vigilancia social del Gran Hermano llegó con esta obra al imaginario colectivo y se ha convertido, en uno de los concepto literarios más retomados en la cultura pop y urbana, pues constantemente nos vemos sumergidos en una realidad muy parecida a la que el escritor describe.
El hilo de la novela lo lleva Winston Smith, que trabaja en el Ministerio de la Verdad. Su tarea es, nada más y nada menos, reescribir la historia para que no contradiga  al presente. Poco a poco, Smith se empieza a dar cuenta que su trabajo es sólo una de las muchas artimañas que tiene el gobierno para engañar y someter a la gente. En su ansia de evadir la omnipresente vigilancia del Gran Hermano, que invade hasta las casas, se encuentra  con una joven rebelde llamada Julia, también desencantada del sistema político. Ambos encarnan una resistencia de dos contra una sociedad que se vigila a sí misma.
Fuente: https://gatopardo.com/cultura/libros/george-orwell-escritor-ingles/

La paradoja de la barbarie: el racismo que consume la ciencia que lo sostiene Ivette Durán Calderón

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